La noche fue interminable. Cada sombra en la suite se transformaba en la silueta de Marko. Cada crujido del edificio era el sonido de sus pasos acercándose. El collar de ónice me quemaba la piel, un recordatorio mudo de su sospecha. A las 03:00, me levanté. Mis movimientos eran mecánicos, ensayados mil veces en mi mente. Ropa oscura. La pluma con la memoria USB bien escondida. Cada segundo que pasaba era un latido más cerca de la libertad o de la tumba.
A las 03:50 en punto, comencé.
Dejé caer