La cena conyugal dejó un residuo. No era el sabor del caldo, sino la sensación de haber sido un espécimen bajo un microscopio de terciopelo. Marko no solo observaba mis acciones; escudriñaba mis pausas, mis silencios, el leve temblor de mi mano al levantar la cuchara. Su paciencia era un instrumento de tortura más refinado que cualquier golpe.
Y en respuesta, algo en mi interior, enterrado bajo capas de shock y sumisión forzada, comenzó a reagruparse. No era la rabia fogosa de antes, ni el dolo