El zumbido de la bomba de alimentación cesó a las 18:00 en punto. Ese silencio, tan ansiado y a la vez tan cargado, era la antesala del siguiente evento en el Protocolo de la Esposa. No era la desconexión para la noche; era el preludio de la Cena.
A las 18:30, la puerta se abrió sin previo aviso. No era Elara. Era una mujer joven, de rostro inexpresivo y vestida con un uniforme de sirvienta, quien empujaba un carrito de comida cubierto con una campana de plata. Detrás de ella, dos guardias movi