La noche fue interminable. Marko no me liberó de la silla. El castigo, o la prueba, continuaba. El dolor se había convertido en una entidad viva que se enroscaba alrededor de mi columna, se clavaba en mis articulaciones y palpitaba en mis sienes. El hambre ya no era un rugido, sino un zumbido bajo y constante, un estado de existencia. Mis párpados pesaban como plomos, pero el malestar me mantenía en un estado de duermevela, atrapada en la frontera agónica entre la conciencia y el olvido.
Soñé,