No hubo más sillas, ni tazones, ni panecillos tentadores. Durante dos días, la guarida volvió a su silencio opresivo, roto solo por las visitas de Marko. Pero ya no eran sesiones de tortura psicológica. Eran… trámites.
La debilidad se había adueñado de mí por completo. Mis pensamientos eran como niebla, mis miembros pesados e indóciles. Ya no podía mantenerme sentada en la cama; yacía sobre la manta áspera, mirando los respiraderos altos, mi mundo reducido a la lucha por respirar y el lento lat