El sonido del cerrojo, esa mañana, fue diferente. No fue el clic seco y distante al que me había acostumbrado. Fue un ruido metálico más áspero, seguido por el chirrido de goznes que necesitaban aceite. La puerta no se abrió solo unos centímetros para permitir el paso de Marko. Se abrió de par en par, y la luz de los fluorescentes del pasillo se derramó en mi celda, un rectángulo cegador que me hizo entrecerrar los ojos.
Dos guardias entraron primero. No eran los mismos de ayer. Estos eran más