La copa de vino se quedó allí, en la isla de la cocina, como un centro de gravedad malsano en mi universo reducido. Su presencia era un recordatorio constante, un símbolo de la rendición que Marko esperaba. La primera noche, la miré con desprecio. La segunda, con una curiosidad morbosa. Para la tercera, era un testigo mudo de mi creciente desesperación.
Marko no mencionaba la copa. Su estrategia era más sutil. Sus visitas se volvieron más frecuentes, más largas. A veces se sentaba y hablaba de