Las siguientes doce horas fueron un ejercicio de tortura psicológica. Cada minuto era un eco de la voz de Marko describiendo mi celda de lujo. Cama ortopédica. Insonorización. Las palabras resonaban en mi cabeza, una letanía siniestra que convertía cada sombra familiar de R-7 en una premonición de encierro. Roxana había partido para coordinar el equipo de extracción espejo, dejándonos a Tomás y a mí en el epicentro de la calma artificial.
La tregua entre nosotros se había solidificado, forjada