Apago la luz, extiendo la manta junto al sofá e intento dormir. No puedo: del otro lado del tabique, la respiración amortiguada de Tomás avanza en parejo ralentí, ese ronroneo mínimo del motor cuando no acelera, y me mantiene despierta. Cuando se interrumpe por segundos, el silencio suena peor, como un pasillo que espera. Me rindo. Me siento y enciendo la lámpara baja.
Me siento en el suelo con la espalda al sofá y la libreta en el pecho. Escribo sin adornos lo que sí: nos siguieron y los perdi