La rabia glacial que mi padre había forjado en mí se solidificó en una determinación silenciosa. Ya no era una prisionera a la deriva; era un instrumento de venganza en proceso de calibración. Cada "sí", cada sonrisa vacía, cada bocado de comida que ahora aceptaba sin rechazar (mi alimentación por sonda había sido reducida a una sola sesión nocturna, otro "premio" por mi "mejoría"), era un movimiento calculado. Estaba aprendiendo el lenguaje de mi cautiverio para, eventualmente, usarlo en su co