La señal débil fue el catalizador. El rombo y el uno en la ventana lejana no eran un plan de rescate, sino un recordatorio: mi mente seguía siendo mi arma, y ahora tenía un objetivo. Pero para usarla, necesitaba un nuevo tipo de fuerza, una aún más perversa que la resistencia obstinada. Necesitaba el valor para rendirme.
Fue esa noche, mirando el reflejo de la luna en el cristal blindado de mi ventana, cuando tomé la decisión más consciente y desgarradora de mi cautiverio. Me miré en ese reflej