El departamento de Tomás huele a café viejo y a mentol. La frazada del sofá está hecha un ovillo, signo de la pelea de la noche. Tiene el pómulo verdoso, la ceja cerrada con tiras y esa tirantez en el costado que le corta el aire a mitad de camino.
—Otra noche aquí te dejará torcido —digo, tocando el respaldo.
—La cama está al fondo —admite—. No quiero moverme.
—Entonces vamos al fondo.
Me acomodo bajo su axila izquierda y lo levanto con paciencia. Su brazo bueno pasa por mis hombros; mi mano s