Amanecimos dentro del cuarto de estar, él en el sillón con la manta a medio pecho, yo en el suelo con la espalda al sofá y la libreta apoyada en las costillas. El día se coló sin permiso por la cortina y le dibujó a Tomás la mitad de la cara en colores más suaves: morado de pómulo en retirada, rojo de ceja cerrada con tiras, un gris que se parecía al cansancio y no a la rendición. La respiración le sonaba pareja, con esos pequeños ruidos de quien ha dormido a pedazos. Me quedé un momento escuch