El hospital amaneció con esa luz indecisa que ni limpia ni ensucia, apenas sostiene. Caminé el corredor sin mirar relojes ni carteles: el turno se adivina por los carros que chirrían, la cafeína en los ojos de las TENS, el murmullo de planillas que cambian de mano. Había aprendido a reconocer el latido del edificio y, por contraste, su falta. Hoy faltaba algo que no hacía ruido, pero torcía el resto de los sonidos: la silueta de Tomás enmarcada en una puerta, esa pausa suya de un segundo antes