Mía
El silencio en la oficina de Alan era denso, casi tangible, después de la tormenta de pasión que acabábamos de desatar. Me quedé un momento allí, sobre la alfombra de seda, sintiendo el latido de mi propio corazón en los oídos. Mi cuerpo todavía vibraba bajo el recuerdo de sus manos, de su peso, de esa forma casi violenta en la que me había reclamado como suya.
Me incorporé lentamente, sintiendo el roce de mi vestido de seda contra mi piel sensible, y caminé hacia el baño privado de Alan.