Alan
Observé a Mía mientras terminaba de firmar los documentos. La forma en que sostenía la pluma, la fijeza de su mirada y esa línea dura en su mandíbula me confirmaron que no me había equivocado.
Ella no era una víctima era una fuerza de la naturaleza que solo necesitaba el terreno adecuado para desatar su tormenta. Y yo estaba más que dispuesto a ser ese terreno.
Un suave golpe en la puerta de madera maciza interrumpió el silencio cargado de electricidad del despacho. Mi secretaria, una muj