Mundo ficciónIniciar sesiónMía
Salí del baño con el rostro encendido y el cuerpo vibrando, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Había cruzado el punto de no retorno.
Me alisé el vestido negro de encaje con manos temblorosas, tratando de asegurarme de que no hubiera una sola marca visible, aunque sentía que el aroma de Alan y el calor de su cuerpo emanaban de mi piel como una señal luminosa.
Apenas puse un pie en el pasillo principal, una de las asistentes de mi padre, una mujer de expresión severa y tableta en mano, se abalanzó sobre mí.
—¡Señorita Mía! Por fin la encuentro, la hemos estado buscando por diez minutos. Su padre está muy nervioso, el gobernador ya terminó su intervención y es su turno para el discurso de apertura. Por aquí, por favor.
No me dio tiempo ni de respirar.
Me guio casi a rastras hacia el salón principal. El ruido de los cubiertos contra la porcelana y el murmullo de cientos de voces se detuvieron cuando las luces bajaron y un foco blanco apuntó hacia la pequeña tarima circular en el centro del salón.
Caminé hacia el escenario, sintiendo cada paso como si lo diera sobre cristales. Al subir los tres escalones, el pánico escénico intentó apoderarse de mí, pero entonces, entre la multitud, vi a mi padre. Estaba sentado en la mesa presidencial, junto a los señores Lombardi. A su lado, Oliver me miraba con una mezcla de adoración y culpa que me dio náuseas y entonces, lo vi a él.
Alan estaba apoyado contra una columna lateral, lejos de su familia, con una nueva copa de cristal en la mano.
Me miraba fijamente, con esa sonrisa cínica y oscura que decía: "Sé exactamente lo que tienes bajo ese vestido". Su mirada era un peso físico, una caricia prohibida que me recordó que hace apenas cinco minutos su mano estaba sobre mi boca para silenciar mis gritos de placer.
Aclaré mi garganta y me acerqué al micrófono.
—Buenas noches a todos —mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Es un honor para mí, como futura presidenta de esta división, darles la bienvenida a este evento benéfico…
Mientras recitaba las palabras ensayadas sobre filantropía, progreso y valores familiares, me sentía como la mayor hipócrita del mundo. Hablaba de "valores" mientras el líquido de un Lombardi, el hermano de mi prometido, aún se enfriaba en mi interior.
Hablaba de "futuro" mientras sabía que estaba dinamitando los cimientos de las dos familias más poderosas de la ciudad.—La integridad es el pilar de cualquier empresa exitosa —dije, mirando directamente a Mariana, que estaba sentada en una mesa lejana, luciendo pequeña y miserable—. Sin verdad, no hay base que sostenga ningún proyecto, sea comercial o personal.
Vi a mi padre asentir con orgullo.
Vi a Oliver sonreír con alivio, creyendo que mi discurso significaba que estaba recapacitando sobre nuestra relación. Pero luego mis ojos volvieron a Alan. Él levantó su copa ligeramente hacia mí, un brindis privado que solo yo entendía. Su mirada descendió por mi escote y luego volvió a mis ojos, recordándome que él era el único que conocía a la verdadera Mía.
Terminé el discurso entre aplausos ensordecedores. Bajé de la tarima con las piernas todavía débiles y, antes de que pudiera huir, Oliver me interceptó.
—Mía, estuviste increíble —dijo, intentando tomar mi mano frente a las cámaras de los periodistas—. Ese discurso… me hizo pensar en lo que dijiste sobre la verdad. Sé que cometí errores, pero quiero que sepas que estoy dispuesto a todo por recuperarte. Mañana mismo quiero que vayamos a ver al joyero, quiero un anillo nuevo, algo que borre el pasado.
—Oliver, no es el momento —respondí, tratando de zafarme de su agarre.
—¡Claro que lo es! —insistió él, elevando un poco la voz para que los que estaban cerca lo oyeran— es el momento perfecto, te amo y lo sabes llevó 2 años haciéndote muy feliz
— Oliver— Susurré queriendo cortar todo
— Todos están mirando, Mía. No nos hagas quedar mal ahora. Ven a sentarte conmigo.
Sentí una mano firme posarse en el hombro de Oliver. Era Alan. Se había acercado con una rapidez felina.
—Déjala respirar, Oliver —dijo Alan con esa voz grave que me ponía los pelos de punta—. Acaba de dar un discurso frente a quinientas personas. Lo último que necesita es que la asfixies con tus inseguridades.
Oliver se tensó, mirando a su hermano mayor con resentimiento.
—Es mi prometida, Alan. No te metas.
—¿Tu prometida? —Alan soltó una risa seca, letal—. Me pareció oír que ella dijo que no había boda.
Sin esperar respuesta, Alan me tomó del codo de una manera que parecía cortés para el resto del mundo, pero que para mí era un reclamo de propiedad.
Me alejó de Oliver, quien se quedó allí, parado en medio del salón, luciendo patético y solo.
Caminamos hacia una zona más privada cerca de los balcones. Cuando estuvimos fuera del alcance de los oídos de los invitados, Alan se inclinó hacia mí.—Hablaste muy bien de la integridad ahí arriba, Mía —susurró en mi oído—. Casi me haces creer que eres una santa. Pero tú y yo sabemos que te gusta pecar conmigo.
—Alan, para… —rogué, aunque no quería que se detuviera—. Oliver sospecha algo.
—Oliver no sospecha nada porque es un idiota —sentenció Alan, su mano bajando peligrosamente hacia mi cintura—. Pero tus padres sí que están mirando. Sonríe, Mía. Al fin y al cabo, solo estoy siendo un buen cuñado cuidando de la futura presidenta.
Me quedé allí, entre los dos hermanos Lombardi, dándome cuenta de que el evento apenas comenzaba y que el verdadero peligro no era que me descubrieran, sino que empezaba a gustarme demasiado el juego de Alan.
Mis padres aparecieron de la nada, bloqueándonos el camino. Mi padre tenía esa mirada que usaba cuando estaba a punto de cerrar una adquisición hostil.
—Alan, gracias por cuidar de ella —dijo mi padre, pero su mirada se clavó en mí de inmediato—. Mía, acompáñanos. Ahora mismo por favor.
Alan me soltó lentamente, dándome una mirada de advertencia antes de retroceder un par de pasos, quedándose lo suficientemente cerca para escuchar, pero lo suficientemente lejos para no intervenir oficialmente.
—Mía, hemos hablado con los Lombardi —comenzó mi madre, con un tono que pretendía ser conciliador pero que era puro veneno—. Tienes que ir a hablar con Oliver ahora mismo. Arregla las cosas. Dile que estás dispuesta a seguir adelante. No podemos permitir que este escándalo afecte la fusión de las empresas.
Sentí una punzada de rabia en el centro de mi pecho.
Mis manos se cerraron en puños.
—No hay nada que arreglar, mamá. Se acabó. Él me traicionó con Mariana. ¿Es que no tienen un gramo de dignidad?
—¡Basta de sentimentalismos! —estalló mi padre, dando un paso hacia mí, bajando la voz pero cargándola de una amenaza brutal—. Escúchame bien, Mía. He dedicado treinta años a construir este imperio. No voy a dejar que tu orgullo de mujer herida lo tire todo por la borda. Vas a ir a esa mesa, te vas a sentar con Oliver y vas a anunciar que la boda sigue en pie.
—No lo haré —respondí, con la voz temblando de furia—. No voy a casarme con un hombre que no respeto.
Mi padre entrecerró los ojos. El hombre que me había leído cuentos de niña había desaparecido; solo quedaba el tiburón de los negocios.
—Si no lo haces, Mía, si no vuelves con Oliver y calmas estas aguas, olvídate de la presidencia.
El aire se escapó de mis pulmones. La presidencia era todo por lo que yo había trabajado. Mi carrera, mi esfuerzo, mis noches sin dormir.
—No puedes hacerme eso... yo soy la que está capacitada, he trabajado durante toda mi vida, ustedes me han hecho trabajar toda mi vida.
—No me obligues —continuó él, frío como el mármol—. Si tú no eres capaz de ser una mujer de equipo, de entender lo que significa el apellido Miller, le daré tu puesto a Mariana. Ella sí está dispuesta a hacer lo que sea necesario por esta familia.
Miré a mi madre, buscando un rastro de compasión, pero ella simplemente asintió, apoyando la sentencia de mi padre.
El mundo se volvió borroso. Sentí una náusea violenta. Mi propia sangre me estaba extorsionando. Me estaban pidiendo que vendiera mi alma y mi dignidad a cambio de un escritorio y un título.
Miré a Alan a lo lejos.
El me observaba, su rostro era una máscara impasible, pero sus ojos ardían, esperando mi reacción. Luego miré a Oliver, que me esperaba con esa sonrisa de victoria, creyendo que mis padres me doblegarían.
Un fuego extraño empezó a recorrer mis venas. Una mezcla de odio puro y una libertad salvaje que nunca antes había experimentado. Si ellos creían que podían usar mi trabajo para encadenarme a un traidor, no me conocían en absoluto.
—¿Mariana? —repetí, soltando una risa amarga que los desconcertó—. ¿Le darás la presidencia a la mujer que no sabe distinguir entre un balance de cuentas y el marido de su hermana? Adelante, papá. Dásela.
—Mía, no juegues con fuego... —advirtió mi madre.
—No estoy jugando —dije, elevando la voz lo suficiente para que la tensión fuera evidente entre nosotros—. Si el precio de dirigir esta empresa es volver a la cama de un hombre que me da asco y sentarme a cenar con una hermana que me traicionó, el precio es demasiado alto.
Me quité la acreditación de "Presidenta Electa" que llevaba en la solapa y se la extendí a mi padre. Él se quedó congelado, sin creer lo que estaba viendo.—Aquí tienes tu empresa —sentencié, con las lágrimas de rabia finalmente asomando en mis ojos, pero con la cabeza más alta que nunca—. Renuncio. Quédense con Oliver, con Mariana y con su maldita fusión. Yo prefiero no tener nada a tener una vida diseñada por ustedes.
Me giré sobre mis tacones, sintiendo que el suelo temblaba bajo mis pies pero con una claridad mental absoluta. Pasé por al lado de Alan, quien no ocultó su sorpresa y algo que parecía... admiración.
—Mía, espera... —gritó mi padre, pero ya era tarde.
Caminé hacia la salida del hotel, ignorando los flashes, ignorando los murmullos de la gente que empezaba a darse cuenta de que algo se había roto. Salí a la noche fría, respirando el aire puro por primera vez en años.
Había perdido mi trabajo, mi familia y mi futuro planeado. Pero al subir a mi auto y ver mis manos temblar en el volante, supe que por fin, después de tanto tiempo, mi vida volvía a ser solo mía.
Había cruzado el punto de no retorno, y el incendio que había dejado atrás apenas comenzaba a arder.







