Mía
La mañana llegó con una claridad hiriente, filtrándose por los ventanales de mi nuevo apartamento y recordándome que el mundo no se había detenido a pesar de que el mío estaba en cenizas.
Me levanté con una pesadez en el pecho que solo la disciplina pudo disipar. Frente al espejo, me obligué a componer una máscara de profesionalismo.
Elegí un traje de sastre en color azul marino, con líneas tan afiladas que parecían una advertencia, y una blusa de seda blanca cerrada hasta el cuello. Me r