Mía
El silencio que dejó Alan al marcharse no era un silencio vacío era un silencio cargado de promesas oscuras y el eco de una confesión que lo había cambiado todo.
Me quedé de pie en medio de mi sala, con la respiración entrecortada y los labios todavía escocidos por su beso. Mis dedos rozaron inconscientemente el lugar en mi cuello donde su mano había presionado momentos antes. La revelación de que Alan no era biológicamente un Lombardi, de que era el verdadero dueño de todo y que vivía rod