Me puse una blusa de maternidad color lavanda, suelta y cómoda, y unos pantalones beige. Recogí mi cabello en una trenza floja y respiré profundo frente al espejo. La tristeza seguía ahí, escondida detrás de mis ojos cansados, pero debía disfrazarla. Al menos por hoy.
Fui hasta la habitación de mi madre y toqué la puerta con suavidad.
—Mamá, despierta, ya es tarde. —Dije intentando sonar alegre.
—¿Tarde? —respondió medio dormida—. ¿Qué hora es?
—Casi las diez, y hoy te secuestro. Vamos a tener