Mamá se marchó dos días después. No pudo ver a Lorenzo.
“Cobarde”, pensé. No se había atrevido a darle la cara, y en el fondo, lo sabía. Le dije a mamá que estaba lleno de trabajo, que no podía salir del despacho, pero ella no era tonta. Su silencio fue su manera de decirme que no me creía.
Cuando la llevé al aeropuerto, no pude contener el llanto. La abracé con fuerza, aspirando su perfume, ese aroma que siempre me hacía sentir segura.
—No llores, hija, no quiero que me recuerdes así —me dijo