Han pasado seis días.
Seis malditos días desde que Lorenzo cerró los ojos y no volvió a abrirlos. Su piel ha perdido ese tono cálido que tanto me obsesionaba. Ahora parece de porcelana, fría, frágil. Cada mañana lo aseo yo misma, reviso las vías, los monitores, los drenajes, la sonda. Sé que no debería, pero no confío en nadie. Y cada vez que paso una esponja tibia sobre su pecho, siento que se me va muriendo algo adentro.
—Vamos, amor… —susurro mientras acomodo los electrodos del monitor—. Desp