El aeropuerto era un caos de voces, luces y murmullos que apenas escuchaba. Todo se sentía difuso, como si caminara dentro de una nube. El abogado me esperaba cerca del control de pasaportes, con una maleta en la mano.
—¿Ya tienes los boletos? —pregunté apenas lo vi.
—Sí —respondió con tono grave—. Salimos en menos de cuarenta minutos.
Asentí. Tenía el corazón tan acelerado que sentía que el aire no me alcanzaba. Cesare me miró con una mezcla de lástima y preocupación. No supe cuál de las dos m