La cena fue servida justo cuando la música bajó de volumen y las luces se hicieron más cálidas. Yo estaba todavía acomodándome en la silla cuando Daniel se acercó a Maritza y, sin pedir permiso, le quitó a Camila de los brazos con una naturalidad que me desarmó por completo.
—Dámela, yo la alimento —dijo él con una voz tan suave que incluso Maritza se sorprendió.
Camila abrió los brazos hacia él como si lo hubiese estado esperando todo el día. Daniel la sentó sobre sus piernas, la acomodó con cuidado y tomó la cucharita de puré.
—Papá… —dijo ella, tocándole la barbilla con sus deditos gorditos.
Mi corazón dio un vuelco. Un vuelco inmenso.
Daniel sonrió, una sonrisa de esas que casi nunca le veía, esas que parecían reservadas para momentos que yo ni siquiera conocía.
—Aquí estoy, mi princesa. Abre la boquita.
Ella abrió la boca con emoción, como si estuviera probando el mejor manjar del mundo. Tenía puré en la punta de la nariz y Daniel se lo limpiaba riendo, mientras Camila lo abrazab