El auto se detuvo frente al enorme salón y, por un momento, me quedé inmóvil. La fachada estaba decorada con luces doradas que caían como lluvia, y una alfombra roja se extendía desde la puerta principal hasta las escaleras de mármol. El murmullo de la gente, los flashes de las cámaras y el sonido suave de la orquesta que llegaba desde el interior hicieron que sintiera un nudo en la garganta. Daniel bajó primero y extendió su mano hacia mí.
No tenía opción. La tomé.
Maritza salió detrás de mí,