El auto se detuvo frente al enorme salón y, por un momento, me quedé inmóvil. La fachada estaba decorada con luces doradas que caían como lluvia, y una alfombra roja se extendía desde la puerta principal hasta las escaleras de mármol. El murmullo de la gente, los flashes de las cámaras y el sonido suave de la orquesta que llegaba desde el interior hicieron que sintiera un nudo en la garganta. Daniel bajó primero y extendió su mano hacia mí.
No tenía opción. La tomé.
Maritza salió detrás de mí, sosteniendo a Camilla, envuelta en su mantita blanca. Los guardias nos reconocieron de inmediato y abrieron el paso sin preguntar nada. Al entrar al enorme vestíbulo, lo vi. El señor al que Daniel me había presentado en la oficina. Alto, elegante, cabello blanco perfectamente peinado hacia atrás y una sonrisa de hombre seguro de sí mismo.
—¡Ah, por fin llegaron! —exclamó con voz profunda—. Daniel, hijo, pensé que no vendrías.
Daniel estiró la mano para saludarlo.
—Tenía unos pendientes, pero ya