Mundo ficciónIniciar sesiónEdith Cortés creció siendo la sombra invisible de una familia que solo tenía ojos para su hermana mayor, Mariel: la perfecta, la deseada, la que siempre ganaba. Cuando a los diecisiete años se entrega por primera vez al hombre que ama en secreto —Isaías Domínguez, el mejor amigo de Mariel—, lo hace sabiendo que él la confunde con su hermana en la oscuridad. De ese error nace Caleb. De ese error nace también un matrimonio forzado, diez años de silencios helados, camas separadas y un odio que Edith confunde con amor. Mientras Mariel desaparece y reaparece como huracán, manipulando a todos a su alrededor, Edith se convierte en la culpable oficial: la cazafortunas, la intrusa, la que arruinó el gran amor de Isaías. Pero cuando el divorcio llega, algo dentro de Edith se rompe… Decide cortar lazos. Decide dejar de esperar que alguien la elija. Lo que no esperaba era que Isaías, por primera vez, empezara a verla de verdad. Entre celos tardíos, confesiones bajo la lluvia, sabotajes familiares y la verdad oculta sobre lo que Mariel hizo hace diez años, Edith y Isaías deberán decidir si el lazo que los unió fue una maldición… o la única forma que tuvo el destino de darles una segunda oportunidad.
Leer másDedicatoria
A ti, que alguna vez te sentiste invisible en tu propia historia.
A la niña que se escondía detrás de puertas cerradas para no molestar, que aprendió a sonreír cuando el pecho le dolía, que creyó que el amor se ganaba callando y sacrificándose.
A la mujer que cargó culpas ajenas, que se quedó cuando todos se iban, que pintó su dolor en lienzos que nadie miró… hasta que decidió mirarse ella misma.
A quien rompió un corazón no con rabia, sino con la valentía serena de decir: «Ya basta. Ahora elijo yo».
A los que tardaron en verte, pero cuando por fin lo hicieron, se quedaron.
Y a ti, lector, que sostienes estas páginas: si alguna vez pensaste que tu historia ya estaba escrita, que tu lugar era el margen, que el amor siempre llega tarde… o nunca… gira la página.
Porque a veces el amor no llega a primera vista.
Llega a última mirada: la que te ve cuando ya no esperas ser vista, la que se queda cuando ya no crees que alguien se quede, la que elige cuando todos los demás eligieron irse.
Esta novela es para ti.
Para la que fuiste.
Para la que estás dejando de ser.
Y para la que estás a punto de convertirte.
Con todo mi amor, y con la certeza absoluta de que mereces ser elegida.
Siempre.
Prólogo
La primera vez que vi brillar el zafiro no fue en mi cuello, sino en el de mi abuela Elena, la noche en que me contó la historia que nunca debió contarse en voz alta.
Tenía nueve años. Me llamó a su habitación después de la cena, cuando la casa ya olía a silencio y a velas recién apagadas. Se sentó en el borde de la cama, con el collar colgando entre sus dedos como una lágrima azul.
—Este collar no elige por amor, Edith —dijo con esa voz temblorosa de quien guarda demasiados años—. Elige por lo que más deseas… incluso si ese deseo te rompe.
No entendí entonces. Solo vi una piedra bonita que cambiaba con la luz: azul profundo cuando ella estaba triste, casi negro cuando discutía con el abuelo. No supe que esa noche me miraba a mí misma en un espejo que aún no existía.
Años después, cuando el mismo zafiro pesaba contra mi clavícula mientras Isaías me besaba pensando en mi hermana, recordé sus palabras. No era magia. Era advertencia.
Y yo, tonta, la ignoré.
Porque lo que más deseaba en el mundo era ser vista.
Y la vida, fiel a su crueldad, me concedió exactamente eso: alguien me vio.
Solo que nunca fui yo.
Introducción
No nací para ser la protagonista de ninguna historia.
Nací para ser la hermana que nadie recuerda en las fotos, la esposa que duerme en la habitación de invitados, la madre que sonríe mientras el hombre que ama llora por otra en la oscuridad.
Me llamo Edith Cortés.
Y durante treinta y dos años creí que mi destino era desaparecer con dignidad.
Hasta que decidí que ya no.
Esta no es una historia de amor a primera vista.
Es una historia de amor a última mirada: la que llega cuando caen las máscaras, cuando el orgullo se rompe, cuando el dolor ha quemado todo lo falso y solo queda lo verdadero.
Si alguna vez has amado tanto que te olvidaste de ti misma, si alguna vez te han hecho creer que tu lugar es el margen de la página… esta historia es tuya.
Porque yo rompí la mía.
Y no lo hice sola.
¿Quieres saber cómo se siente cuando el hombre que te destruyó se convierte en el único que puede ayudarte a reconstruirte?
Gira la página.
Te espero al otro lado.
Ya no como sombra.
Como yo.
El calendario de custodia era un campo minado que ninguno de los dos quería pisar, pero que ambos teníamos que cruzar cada fin de semana. Isaías recogía a Caleb los viernes por la tarde y lo devolvía los domingos al atardecer. Antes, esos intercambios eran breves y fríos: yo le pasaba la mochila desde la puerta, él asentía sin mirarme y se iba. Ahora, después del accidente y de las palabras que solté en el hospital —“están muertos para mí”—, los encuentros se habían vuelto inevitables y cargados. No podíamos evitar vernos. Y yo ya no era la misma mujer que bajaba la mirada.Me había cortado el cabello dos semanas atrás: un bob asimétrico que dejaba el cuello al descubierto y enmarcaba mi rostro con decisión. Empecé a usar colores que antes evitaba —rojo oscuro en los labios, un vestido negro ajustado que compré en una tienda vintage porque me hizo sentir poderosa—. No era vanidad; era armadura. Cada pincelada en el lienzo, cada clase con Julio, cada página en el diario me devolvía fra
La luz de la lámpara de mesa caía en un círculo ámbar sobre el escritorio improvisado en mi habitación: un rincón reclamado entre cajas y lienzos a medio pintar. Pasada la medianoche, Caleb dormía en la habitación contigua, su respiración suave como un metrónomo que me recordaba por qué seguía respirando yo.Frente a mí, el collar descansaba sobre un paño de terciopelo negro que Ligia me había prestado —“para que no se oxide”, dijo, aunque ambas sabíamos que no era el metal lo que me preocupaba—. El zafiro central absorbía la luz, oscuro y quieto, como un ojo que me observaba de vuelta.Había empezado a investigar esa tarde, después de la clase de arte. Julio me dejó una nota al final: “Tus colores tienen alma. Sigue pintando lo que sientes, no lo que crees que debes sentir”. Sus palabras se quedaron conmigo, un eco amable en medio del silencio pesado. Al llegar a casa, en lugar de pintar, abrí el ordenador y tecleé “collar rumano zafiro reliquia familiar leyendas”. Las primeras págin
Los días después del accidente transcurrieron en una quietud frágil, como si el mundo me hubiera dado un respiro antes de decidir si golpear de nuevo. El médico ordenó reposo absoluto una semana. Me instalé en casa con las cortinas entreabiertas, dejando que rayos tímidos de sol entraran y dibujaran polvo suspendido en el aire.Caleb se convirtió en mi ancla. Preparaba desayunos torpes —cereales derramados, leche que se salía del tazón— y pegaba dibujos en la nevera con imanes de colores.—Para que te cures pronto, mami —decía con esa voz dulce que calmaba el dolor sordo en mis costillas y el más hondo en el pecho.Ligia llegaba todas las tardes con sopa casera, revistas viejas y esa energía que no me dejaba hundirme del todo.—No vas a quedarte aquí llorando por gente que no te merece —repetía mientras ordenaba las cajas que aún estaban por ahí.Una tarde, mientras Caleb jugaba en el jardín, sacó un folleto arrugado de su bolso.—Clases de arte en el centro cultural. Empiezan la próx
La invitación llegó como un recordatorio inesperado del pasado: un sobre elegante con el cumpleaños número ochenta de mi abuelo. Lo sostuve en la cocina, el papel temblando ligeramente en mis manos. Diez años de silencio absoluto —puertas cerradas, llamadas ignoradas— y ahora esto. ¿Una rama de olivo real? ¿O solo otra forma de recordarme dónde pertenecía: en las sombras?Ligia, sentada frente a mí con una taza de té humeante, frunció el ceño.—No vayas, Edith. Es una trampa. Tu familia no cambia.Pero yo, todavía aferrada a una esperanza tonta, anhelaba esa conexión que nunca tuve.—Quizás hayan cambiado —respondí, aunque sabía que era mentira.Dejé a Caleb con ella y conduje hacia la casa de mi infancia. Llevaba el collar de mi abuela contra el pecho, no por protección mágica, sino porque su peso me recordaba sus palabras: “Elige cuando te toque a ti”. Hoy necesitaba recordarlo.La casa bullía de invitados: autos lujosos en la entrada, meseros con bandejas, aire cargado de perfumes
La caja de mudanza se abrió con un crujido seco. Dentro, un revoltijo apresurado: fotos amarillentas, un vestido olvidado y, al fondo, el diario de tapas desgastadas que no tocaba desde hacía diez años.Me senté en el suelo de la sala. Las páginas se abrieron casi solas en una entrada fechada hace una década. Las palabras, garabateadas con mano temblorosa, me arrastraron de vuelta a esa noche de abril. La que lo cambió todo. No solo el comienzo de un matrimonio forzado, sino el epicentro de mi ruina… y, de algún modo retorcido, de mi salvación.Era una tarde cargada de tormenta inminente. El aire olía a tierra húmeda y jazmines marchitos del jardín familiar. Yo tenía diecisiete años, invisible en una casa donde todo giraba alrededor de Mariel.La vi bajar las escaleras con maletas. Isaías la seguía, desesperado. Él tenía veinticinco, un hombre con aura de peligro y magnetismo que cortaba el aliento. Su relación con Mariel era un vaivén que ella controlaba: pasión cuando quería, rechaz
La nueva casa era modesta: paredes blancas, techos bajos, un barrio tranquilo de las afueras donde los jardines parecían prometer que todo podía empezar de nuevo. Con la mitad fría de la división de bienes —Isaías ni siquiera la discutió, como si borrarme fuera solo un trámite más—, compré este lugar. Pequeño, sí, pero con ventanas amplias que dejaban entrar la luz del atardecer como un abrazo tímido sobre las heridas.Abrí la puerta y Caleb corrió adelante, mochila al suelo, risitas rebotando contra las cajas apiladas.—¡Mira, mami, hay jardín para jugar! —gritó antes de salir disparado al patio trasero, donde el césped irregular ya imaginaba piratas y tesoros.Me quedé en el umbral, viéndolo desaparecer entre las sombras de los árboles. Y entonces el peso cayó. Me deslicé hasta el suelo de la sala, rodeada de cartón y silencio, y las lágrimas llegaron sin ruido, calientes y inevitables. Lloré por la familia que se rompió, por los años que se fueron, pero sobre todo por ese hueco que





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