Apenas terminó todo el bullicio por el supuesto aniversario, sentí que necesitaba aire. Mi pecho subía y bajaba rápido, como si estuviera atrapada dentro de un traje que me quedaba demasiado apretado. No sabía si eran nervios, vergüenza o el peso de todas las miradas que seguían encima de nosotros.
Maritza se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:
—Vamos al baño, amiga. Necesitas respirar.
No protesté. Solo asentí.
Caminamos entre las mesas llenas de gente elegante, tratando de mantener la com