Apenas terminó todo el bullicio por el supuesto aniversario, sentí que necesitaba aire. Mi pecho subía y bajaba rápido, como si estuviera atrapada dentro de un traje que me quedaba demasiado apretado. No sabía si eran nervios, vergüenza o el peso de todas las miradas que seguían encima de nosotros.
Maritza se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:
—Vamos al baño, amiga. Necesitas respirar.
No protesté. Solo asentí.
Caminamos entre las mesas llenas de gente elegante, tratando de mantener la compostura. Apenas cerramos la puerta del baño, me sostuve del lavamanos, miré mi reflejo y perdí el aire.
—¿Estás bien? —preguntó Maritza acercándose.
Negué rápidamente. Sentí el nudo en la garganta hundirme por dentro.
—No… no estoy bien —susurré—. No entiendo nada, Maritza… nada. Me siento atrapada en un enredo que ni yo sé cómo manejar. Todos… todos me han hecho daño. Todo el mundo. Y ahora él… él hace esto. ¡Delante de todos!
Las lágrimas por fin se escaparon. Me cubrí la cara.
Maritza me abra