Cuando abrí los ojos, todo era oscuridad. Sentí el sabor metálico de la sangre seca en mis labios y un dolor agudo en el abdomen. Intenté moverme, pero un grito mudo escapó de mi garganta: el cuerpo no me respondía. Tenía la sensación de que algo estaba clavado dentro de mí, como si el aire pesara toneladas sobre el pecho.
—¿Dónde… estoy? —murmuré, o al menos eso creí hacer, porque mi voz sonó ahogada, casi inexistente.
Un pitido intermitente resonaba a mi lado. Algo frío tocaba mi brazo: una v