El frío me envolvía con una dulzura extraña. No era ese tipo de frío que duele o que se mete bajo la piel como cuchillas invisibles. Era un frío agradable, tibio en las orillas, como si alguien lo hubiera diseñado para hacerme descansar. Mi cuerpo se sentía liviano, tan cómodo que por un segundo creí haber muerto.
Me moví un poco y rocé algo suave bajo mi mejilla. Una textura aterciopelada, limpia, perfumada. La abracé sin pensar. Olía a lavanda, a jabón, a ropa recién planchada.
Pero entonces