Verdades a Medias.
El viento cambió de golpe, arrastrando el olor de las sirenas y de la sangre como un presagio. La calle parecía estrecharse, las paredes más cercanas, como si el mundo estuviera plegándose alrededor de ellos, haciéndose menos y menos real.
Isela cerró los dedos sobre la llave que Damian le ofrecía. El metal estaba helado, casi vivo, como si palpitara en su palma. La lluvia la lavaba, pero no lograba quitar la sensación pegajosa de las visiones que aún la rodeaban.
—La puerta —repitió Damian, ap