Hermanos.

La noche no cayó de golpe. Se deslizó sobre el lugar como una decisión postergada, lenta, inevitable.

El espacio donde se habían refugiado quedó envuelto en una penumbra irregular, rota solo por las luces frías de los monitores y el pulso constante del punto ciego, que ya no parecía un fenómeno distante sino una presencia viva, expectante.

Cayden se había apartado. No por rechazo, sino por necesidad. Isela lo vio alejarse unos metros, sentarse solo, con la espalda recta y la mirada perdida en a
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