Unidos.
El silencio se extendía como una herida viva. No era el silencio natural de un espacio vacío, sino uno denso, vibrante, lleno de respiraciones que no existían.
Cayden abrió los ojos.
Al principio no entendió qué era la luz. Todo era blanco, brillante, inmóvil. El aire olía a metal estéril y electricidad quemada. Cuando intentó moverse, sintió el tirón de los cables adheridos a su piel, las agujas incrustadas en los brazos, los tubos que bajaban por su garganta.
El instinto tomó el control. Arra