Rastros.

El silencio era tan profundo que podía oír su propio pulso.

El refugio estaba a medio derrumbar, con el techo goteando y las paredes cubiertas de polvo metálico. Una vieja lámpara colgaba del cable expuesto, parpadeando cada tanto.

Isela abrió los ojos, con la sensación de haber caído desde muy alto. Su respiración era irregular, los pensamientos aún desordenados, como si su mente se resistiera a aceptar lo real.

Damian estaba allí. Sentado junto a ella, con la camisa manchada de sangre seca, s
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