Peligros.
El reloj del microondas marcaba las 6:12 p.m., aunque en el departamento parecía siempre de madrugada. Las persianas seguían cerradas, las luces bajas, el aire viciado.
Isela estaba en el suelo, descalza, con el cuaderno negro abierto frente a ella y las fotos dispersas como cartas de tarot. No recordaba la última vez que había dormido. Tenía las manos manchadas de tinta y café frío, el cabello pegado al rostro.
Rufián se había escondido bajo la cama desde hacía horas. Solo salía para beber agu