La Parca.

El departamento estaba tan silencioso que parecía un animal conteniendo la respiración.

Las cortinas se movían apenas, cargadas del viento frío de la madrugada, y en la penumbra la luz de la farola exterior dibujaba en la pared una especie de rejilla rota, como barrotes deformes. El reloj del pasillo marcaba las diez de la noche, pero cada segundo parecía estirarse infinitamente hasta convertirse en minutos.

Isela y Livia se sentaron en el suelo, junto a la mesa baja del living. Sobre la madera
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