Convergencia.
Nadie lo llamó por su nombre.
No hubo señal oficial, ni alerta, ni protocolo activado.
Ningún mensaje cifrado, ninguna orden del Consejo. Y, sin embargo, todos lo supieron al mismo tiempo. No con la cabeza, con el cuerpo.
Isela fue la primera en sentirlo con claridad.
No como un pensamiento ni como una imagen, sino como una presión interna, un latido que no pertenecía a su corazón pero que se sincronizaba con él.
Estaba sentada frente a la consola secundaria, esa que ya no debía usar, esa que o