La sala nunca debía ser mencionada. No tenía nombre, no tenía ventanas, no tenía registro de uso. Era una cámara sellada bajo capas de autorización que solo se abrían cuando el sistema necesitaba decidir algo que no podía permitirse dudar.
El aire allí no estaba reciclado como en el resto del complejo: era denso, cargado de una electricidad casi imperceptible, como si incluso las paredes supieran que lo que se discutía dentro no debía filtrarse jamás.
Los miembros del Consejo fueron entrando un