El amanecer teñía el Valle de las Cicatrices con un rojo metálico, como si la misma tierra respirara fuego y sangre. Ainge y Kael se encontraban frente al pilar de ceniza que ahora había dejado de girar, suspendido sobre un círculo de piedra negra. Cada fragmento flotante reflejaba imágenes de guerras antiguas, sacrificios olvidados y secretos que ningún libro, hechizo o dragón había revelado jamás.
—Esto no es un lugar, ni un objeto —murmuró Ainge, tomando aire con dificultad—. Es un espejo… u