El amanecer llegó a Lirien sin música.
No hubo campanas, ni aves, ni el murmullo habitual de los sirvientes abriendo galerías y encendiendo braseros. El silencio se extendía como una niebla espesa, densa, cargada de una intención que Ainge no supo nombrar, pero que reconoció en su cuerpo antes que en su mente. Se despertó con el corazón acelerado, la piel húmeda, la Ceniza ardiendo bajo sus costillas como un recuerdo que se negaba a disolverse.
Kael dormía a su lado, o eso parecía. Su respiraci