El Valle respiraba de nuevo, pero lo hacía mal.
Ainge lo sintió en cuanto cruzaron el umbral de piedra antiguo, allí donde los árboles se inclinaban como si escucharan secretos que no estaban destinados a oídos humanos. El aire era más denso, cargado de un aroma metálico y húmedo que le recordó a la sangre vieja mezclada con lluvia. Cada paso hacía crujir hojas negras bajo sus botas, hojas que no estaban muertas, sino suspendidas en un estado intermedio, como si el tiempo hubiera olvidado termi