El sol apenas había logrado atravesar la neblina que se aferraba al Valle de las Cicatrices cuando Ainge y Kael se pusieron en marcha. Ya no había tregua ni frontera que negociar; la revelación de la existencia de los sellos alteraba todo el juego. Cada paso sobre la tierra húmeda resonaba con un eco que parecía provenir del subsuelo, como si la misma montaña susurrara advertencias antiguas.
Ainge sujetaba el brazalete de plata, ahora más pesado que nunca, y notaba cómo el rubí latía, reflejand