El cielo se quebró antes de que nadie se atreviera a nombrarlo.
No fue un relámpago, ni un trueno. Fue una grieta silenciosa que cruzó las nubes como una herida abierta, dejando escapar una luz oscura, densa, palpitante, como si el mundo hubiera sangrado por primera vez. El viento cambió de dirección de golpe y el aire se volvió espeso, cargado de un olor metálico que se pegaba a la lengua.
Ainge se detuvo en seco.
Su corazón comenzó a latir con una fuerza casi dolorosa, no por miedo, sino por