El silencio que siguió no fue un descanso.
Fue una advertencia.
El Valle, después del colapso del sello del norte, no volvió a cerrarse como lo había hecho tantas veces antes. Al contrario: parecía expandirse lentamente, como un pulmón antiguo que por fin se atrevía a inhalar a fondo. Las sombras se estiraban, no con prisa, sino con una paciencia casi afectuosa, tocando las piedras, las raíces, la piel misma del mundo.
Ainge permanecía de pie en el centro del círculo, aún sostenida por Kael. El