El viento de Skarn no era dulce. Era un castigo helado que olía a humo de roble y sal marina. Kael lo respiró hondo, dejando que le quemara los pulmones. Era el olor de su hogar, de la fuerza y de la disciplina.Estaba en el foso de entrenamiento, bajo la luz ocre de una mañana temprana. No vestía su armadura ceremonial, solo cuero curtido y botas pesadas. Su mano derecha sostenía un hacha de combate, una extensión natural de su brazo.Su oponente era Ulf, un guerrero veterano con más cicatrices que años. Kael se movía con una precisión brutal, forzando a Ulf a retroceder. No era solo fuerza, era el entendimiento del vacío: el espacio que el enemigo deja por miedo, fatiga o arrogancia.—¡El vacío! —gritó Kael, y su hacha encontró el hueco en la guardia de Ulf, no para herir, sino para desarmar. El hacha de Ulf cayó con un clang resonante.Ulf, jadeando, se inclinó. —Tus golpes son más fríos que el glaciar del norte, Comandante.—Y deben serlo, Ulf. El fuego de la pasión se apaga. El h
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