83. La ciudad aprende a nombrar
No me dejaron ir a Tribunales. El médico fue claro, práctico, casi paternal:
—Yo te cosí, yo mando.
Y mandó. Me quedé en la cama con la bata torcida, el costado ardiendo como un recuerdo reciente, y una bronca mansa que aprendí a administrar. No era el día para pelear con quien me había devuelto el pulso. Era el día para escuchar.
Me pegué a la pantalla del teléfono de Vera, sostenido con cinta y fe, donde la transmisión casera temblaba un poco pero no se caía. Al transistor del maestro, apo