83. La ciudad aprende a nombrar
No me dejaron ir a Tribunales. El médico fue claro, práctico, casi paternal:
—Yo te cosí, yo mando.
Y mandó. Me quedé en la cama con la bata torcida, el costado ardiendo como un recuerdo reciente, y una bronca mansa que aprendí a administrar. No era el día para pelear con quien me había devuelto el pulso. Era el día para escuchar.
Me pegué a la pantalla del teléfono de Vera, sostenido con cinta y fe, donde la transmisión casera temblaba un poco pero no se caía. Al transistor del maestro, apoyado en la mesa de luz como un animal viejo que todavía muerde. Al rumor del pasillo: pasos apurados, murmullos, nombres que ya no se decían en secreto.
La plaza estaba otra vez llena. No lo vi: lo sentí. Hay un tipo de ruido que no necesita imagen. Un espesor. Lara tomó el micrófono como quien toma una casa heredada: con cuidado, con respeto, con decisión. No levantó la voz. No hizo teatro. Nombró.
—“Fideicomiso Luz Norte: Iñaki Valera.”
La frase cayó como una piedra exacta en el agua. Sin a