82. Dos noches sin apagar.
Fue larga, esa noche. Larga de esas que no se miden en horas sino en respiraciones contadas. El hospital tenía ese murmullo continuo que no duerme nunca: pasos suaves, ruedas lejanas, puertas que se cierran con cuidado. Afuera, la ciudad seguía herida pero despierta.
Un policía honesto (existen, aunque a veces cueste creerlo) se paró en la puerta de mi habitación. No dijo mucho. No necesitó. Su presencia era una frase completa: acá no entra nadie a “perder papeles”, acá no se llevan a nadie po