82. Dos noches sin apagar.
Fue larga, esa noche. Larga de esas que no se miden en horas sino en respiraciones contadas. El hospital tenía ese murmullo continuo que no duerme nunca: pasos suaves, ruedas lejanas, puertas que se cierran con cuidado. Afuera, la ciudad seguía herida pero despierta.
Un policía honesto (existen, aunque a veces cueste creerlo) se paró en la puerta de mi habitación. No dijo mucho. No necesitó. Su presencia era una frase completa: acá no entra nadie a “perder papeles”, acá no se llevan a nadie por la tangente. Cada tanto se acomodaba el cinturón o miraba el celular sin mirar. Yo le agradecí en silencio.
Vera entraba y salía como quien tiene varias vidas abiertas a la vez. Volvía con noticias dichas al oído, para no cansarme:
—Valera ya es tendencia —me dijo una de esas veces—. Pero no como hashtag lindo. Como nombre pronunciado por gente sin micrófono. Eso no se borra fácil.
El maestro se había instalado en un rincón del hospital con una radio comunitaria prestada. Enseñaba, con paci