84. Todo plan necesita una casa
De noche, pudimos volver al pueblo. El hospital nos dejó ir con advertencias razonables, recetas escritas con letra apurada y sueros de repuesto “por las dudas”. Nadie dijo en voz alta que quedarse también podía ser peligroso. A veces, el silencio médico es una forma elegante de valentía.
La casa del maestro ya no era solo una casa. Era bunker y plaza, comedor y archivo, radio abierta y cuarto de guardia. Tenía ese clima de lugares que ya decidieron no retroceder. Entramos despacio, como si el piso pudiera escuchar. El perro fue el primero en relajarse: dio una vuelta completa y se dejó caer en su rincón, satisfecho de estar otra vez en territorio conocido.
Dormí en la cama del maestro. Lo convencí con un argumento simple:
—Sos joven —le dije—. Te duele menos el sofá.
Refunfuñó, pero aceptó. Fran se pegó a mi espalda con el cuidado de quien carga algo frágil y valioso. El perro se acomodó a mis pies como un guardián pequeño. La casa respiraba con nosotros: crujidos viejos, una hel