36. El hombre que volvió del ruido
La hostería quedó atrás como un recuerdo que prefería no mirar demasiado de frente. Caminé sin apuro; quería que el pueblo me reconociera antes de que ella lo hiciera, como si necesitara permiso para volver a pisar estas calles. El pueblo se abre como un libro conocido que uno aprendió a leer tarde, con frases que antes parecían obvias y que ahora duelen por su simpleza. Tomé la calle de la escuela, después la de la plaza, y sentí que los ojos me traicionaban con humedad. No era nostalgia. Era