35. Cartas que no envie.
La tía dejó el mate en la mesa y se fue al patio con el perro, como si entendiera que necesitaba quedarme a solas con mis pensamientos. El ruido del portón al cerrarse atrás de ellos dejó la casa en un silencio que no era silencio, sino una invitación a revisar lo que había evitado durante días. Me quedé frente a una pila de papeles viejos, un cuaderno de tapas gastadas y la necesidad urgente de hablarle a alguien que quizá nunca iba a leerme. Le escribí porque no sabía cómo decirle nada en voz