108. La última copia
Esa noche, la cooperativa tuvo un silencio distinto. No el de las cosas apagadas, sino el de las cosas concentradas. Abrimos los tres discos en tres computadoras aisladas, viejas pero nobles, de esas que no piden permiso para seguir funcionando. Vera y el técnico amigo —el de las radios viejas, el que sabe escuchar ruidos donde otros oyen interferencias— revisaron sector por sector, checksum por checksum, como quien palpa un cuerpo querido buscando confirmar que sigue ahí.
—Integridad completa —dijo Vera, después de un rato largo—. A-12 está entero.
Nadie aplaudió. Nos miramos. El alivio fue hondo y silencioso, como cuando se encuentra agua después de caminar mucho.
—Y acá está el histórico de “Obediencia” —agregó el técnico, girando la pantalla—. No lo maquillaron. Está crudo.
El maestro se acomodó los lentes y apoyó los dedos sobre la mesa, pensativo. Luego dijo algo que me pareció una mezcla perfecta de estrategia y poesía:
—Lo publicamos a las 12:12 del mediodía. En espejo. R